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Palabras de Santiago Plötze Toro en la cena de celebración de los 40 años de CRAN.

Me llamo Santiago Plötze Toro. Desde que nací, mi vida ha estado llena de anécdotas maravillosas. Nací el 2 de abril de 1991 en un bus en Sopó, Cundinamarca, pues mi madre biológica venía desde muy lejos a tenerme en Bogotá. Siempre he sido muy hiperactivo, debe ser por eso que no aguanté las ganas de llegar a este mundo incomodando a decenas de pasajeros que tuvieron que conocer a la fuerza la entrada principal del hospital de Sopó. Y no, no he viajado en flota gratis toda mi vida.

Llegué a una familia única: un papá alemán que había llegado a Colombia y se había enamorado de estas tierras, al igual que de sus mujeres. Una mamá colombiana de familia paisa, firme, pujante, con una mezcla muy interesante, ya que su primer marido había sido francés, lo cual siempre me dejó claro que a mi mamá no le gustan mucho los colombianos. Pero bueno, llegué a la vida de mis padres luego de que hubieran perdido un hijo durante el embarazo de mi mamá. Luego de vivir el duelo correspondiente, era un riesgo intentarlo de nuevo, sobre todo por la edad. Por esta razón mis papás tomaron la decisión de adoptar.

Después del incidente en el bus, llegó el 28 de mayo de 1991. Casi 2 meses después de nacer llegó el día más importante de mi vida. El día en el cual volví a sentir los brazos de una madre, el pecho de un padre y el cariño y amor de toda una familia, que a propósito nunca supo los planes de mis papás y de repente fueron invitados a conocer al primo nuevo, al sobrino, al nieto. Desde que tengo conciencia no he podido definir en una frase la suerte que tuve al llegar a un hogar que me lo ha dado todo. Un hogar que me mostró el mundo, un hogar que me educó, que me dio todos los insumos necesarios para convertirme en el hombre que soy hoy en día. Un hogar que seguramente me dio todo lo que de otra manera hubiera sido simplemente una utopía.

Si hablo de mí, debo hablar de mi mamá, Clara, quien al igual que yo ha tenido una vida extraordinaria, digna de un buen libro. Trabajó varios años de su vida en un crucero por el Mediterráneo, fue guardabosques de Yellowstone National Park, le confeccionó ropa a Jimi Hendrix. Solo con estos ejemplos pueden alcanzar a visualizar su vida de aventuras. Pero luego de todo esto comenzó su mayor aventura, dedicar su vida a las adopciones. Por más de 35 años ha estado vinculada a esta labor tan bonita, y ha sido testigo de miles de procesos exitosos al igual que extraordinarios en el que familias pueden tener la dicha de alcanzar el sueño anhelado de tener un hijo.

Ser adoptado y ser hijo de mi mamá me han enseñado muchas cosas. Me han enseñado que el amor y el cariño de familia es lo que más necesita alguien que sea adoptado, como yo. Que el ser adoptado, más que un tabú en muchas familias, es lo más especial del universo, es un orgullo, es el mejor regalo de la vida. Que uno debe contar la historia de su vida con pasión y con la cabeza muy en alto, como lo hago yo. Que compartir el amor de familia con un niño adoptado, como lo hizo mi familia conmigo, es lo único que desea alguien que quiere encontrar una familia. Que la oportunidad de poder decir “mamá” y “papá” en la vida es algo que no todos tienen y es una oportunidad que ojalá todos los niños y niñas que están esperando ser adoptados logren tener en sus vidas. Y que adoptar es algo que no hay que ver como un favor, ni como un acto de caridad. Adoptar es simplemente el acto más humano, más puro, es más importante que dar la vida a alguien, es recuperarla y permitirle a alguien poder soñar con tocar el cielo con las manos.

Ser adoptado también me enseñó que mi nombre fue Alejandro Luna alguna vez. Y ser hijo de mi mamá me enseñó que así se llamará mi hijo.

Para terminar quiero contar que hace un tiempo me puse en la tarea de buscar a mi familia biológica. He aprendido que mi familia biológica es de Santander, por eso mi genio ahora tiene mucho más sentido para todos mis amigos. Aprendí que tengo un hermano biológico, una sobrina, como nueve tías y tíos. He aprendido que esa familia, a la cual nunca he visto, siempre ha hecho parte de mí, y que negarla pudo haber sido el error más grave de mi vida. Reconocerla y apropiarme de ella como sentimiento, como parte de mi carácter, de mi ser, ha hecho que me conozca como nunca antes lo pude haber hecho. Es por eso que desde hace un tiempo he comenzado a decir que tengo dos familias. La familia en la que crecí y la familia de donde vine. Reconocer de dónde vengo ha sido la reflexión más profunda y honesta de mi vida, ya que de esa manera comprendí que la única razón por la cual quiero conocer a mi familia y a mi madre biológica es para decirles GRACIAS.

El caso es que la vida me ha llevado a aprender muchas cosas cada día. Es así como hace unos días, preparándome para esta noche tan especial, aprendí que realmente no tengo dos familias. Mi tercera familia es CRAN, lo será hasta el día en el que deje este mundo. El lugar más maravilloso donde pude haber estado entre mi nacimiento y el día en el que llegué a la mejor familia del mundo.

Hoy, al igual que todos ustedes, celebro sus 40 años, y lo único que espero es poder seguir viendo cómo llenan de vida a niños, niñas y familias enteras que quieren brindarles un hogar. FELIZ CUMPLEAÑOS, CRAN.

¡Muchas gracias!

Bogotá, 25 de septiembre de 2018